domingo, 29 de julio de 2007

Recuerdo


Tu nombre no me recuerda nada
Ni tu olor
Ni tus ojos…templo de mi más doliente ternura.
No me recuerda nada

tu sombra inscrita en mi cuerpo.

miércoles, 25 de julio de 2007

No entiendo

No entiendo, como siempre.
No entiendo, y no me interesa.
No entiendo y me aguanto.
No entiendo, pero a veces me gustaría.
No entiendo, y te odio.
No entiendo, y te amo, no entiendo

martes, 24 de julio de 2007

La Tregua (fragmento)

Es evidente que Dios me concedió un destino oscuro. Ni siquiera cruel. Simplemente oscuro. Es evidente que me concedió una tregua. Al principio, me resistí a creer que eso pudiera ser la felicidad. Me resistí con todas mis fuerzas, después me di por vencido y lo creí. Pero no era la felicidad, era sólo una tregua. Ahora estoy otra vez metido en mi destino. Y es más oscuro que antes, mucho más.
Mario Benedetti ( Fragmento La Tregua)

lunes, 23 de julio de 2007

Esto es como la ausencia…nada



Y qué es la voz,

sino un espejo antiguo de lágrimas

de ausencia.

Podrá decirse todo,

escoger una a una las palabras,

recorrer con los dedos tambaleantes del destierro

la amargura de ojos abiertos.

Ahí, donde el tiempo construyó tu cuerpo,

a un lado…el mío

a un lado extraño

al otro ajeno.

Recojo los pedazos del vacío,

tierra fértil de los muertos

y me veo llorando el ser que siento.

miércoles, 18 de julio de 2007

A mi sombra

¿Te acuerdas sombra?

Te escribo, desde la luz tenue de mi conciencia, con los labios llenos de tu nombre, de ti. Busco la palabra que crea-que-cree, que llama al afecto escondido entre el olvido y la locura.
Te escribo a tí, mi sombra añorada en las noches, mi sombra ajena que está ahí, recordándome que el amor sigue siendo eso, que llaman entrega. Te entrego, me entrego mi sombra.

domingo, 15 de julio de 2007

Ensayo sobre la ceguera


Un hombre dentro de su auto espera el cambio de luz del semáforo. De pronto, la luz que aguarda se torna blanca en todos los sentidos, en todos los ángulos que los ojos le permiten. “Una ceguera blanca” se ha apoderado de él.

A partir de aquí, José Saramago (premio Nobel de literatura1998) en su libro Ensayo sobre la ceguera (Punto de lectura, México, 2001), nos presenta una infinidad de historias que pronto coincidirán sin proponérselo, y por supuesto sin esperarlo.

El mal blanco empieza a extenderse entre la población, sin que haya explicación y razonamiento lógico alguno. Los ciegos (gente común y corriente) ven interrumpido su actuar cotidiano; y son aisladas en un viejo sanatorio. Los personajes dejan atrás los nombres para convertirse en conceptos referentes de alguien: “el niño estrábico”, “la chica de las gafas oscuras”, “la esposa del médico”; ésta última sin perder extrañamente la vista y convirtiéndose en el lazarillo generoso de los ciegos.

Afuera, la ciudad es un montón de cuerpos torpes, sucios y hambrientos con el miedo gestado en los ojos que no ven. La ceguera los ha llevado a enfrentarse a lo más profundo de su animalidad. La lucha por sobrevivir se convierte en la lógica que han de adoptar cada uno de ellos para sobre llevar la larga agonía que el “destino” o “Dios” o quien sea, les ha impuesto.

Saramago a través de un lenguaje simbólico refleja el lado primitivo de la naturaleza humana, ese lado que se piensa domesticado y casi inexistente. Lo sublime junto con la miseria de nosotros mismos es retratado dentro de una historia conmovedora, ácida, apocalíptica. Donde los ojos, alegoría clara del escritor, son el eslabón de la degradación, del avance demoledor de una sociedad dominada por la ceguera perpetua.

Como en su momento lo refiere -el médico- (personaje de esta historia): “…creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, Ciegos que ven, Ciegos que, viendo, no ven”.

Ensayo sobre la ceguera, espejo donde las imágenes sobrepasan el límite de lo pensable; imágenes que no nos atrevemos a presenciar a pesar de que siempre han estado dentro.

Saramago, José. Ensayo sobre la ceguera

Trópico de Capricornio (fragmento)


Todo lo que ocurre, cuando tiene importancia, es contradictorio por naturaleza. Hasta que apareció aquella para la que escribo esto, pensaba que las soluciones para todo se encontraban en algún lugar exterior, en la vida, como se suele decir. Cuando la conocí, pensé que estaba aprehendiendo la vida, aprehendiendo algo en lo que podría hincar el diente. Y, en cambio, se me escapó la vida de las manos. Extendí los brazos en busca de algo a que apegarme...y no encontré nada. Pero, al hacerlo, con el esfuerzo por aferrarme, por apegarme, descubrí, pese a haber quedado desamparado, algo que no había buscado: a mí mismo.
Henry Miller (Fragmento Trópico de Capricornio)